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El derecho animal: Avances y retrocesos

Patricia Torres | 21 de octubre de 2019

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El origen de la palabra mascota se ubica en la voz germana mascot (bruja), incorporada en algún momento al francés y extendida popularmente desde 1880 cuando se estrenó en Francia una opereta cómica llamada ”La Mascotte‟. El diminutivo titulaba un cuento publicado con anterioridad, al que se le adaptó música y letra para representar una obra muy al estilo de la picaresca de la época. Trata de las peripecias en las que una joven campesina cuidadora de pavos se encuentra para conservar su virginidad, pues esta virtud es la que le otorga poderes a esta “brujita‟ para dar felicidad y suerte a quien pueda disfrutar de su compañía. Desde entonces, la palabra mascota se convirtió en la expresión extendida para designar esa especie de “amuleto‟ que trae felicidad y compañía a nuestras vidas.

El origen de las mascotas en la vida de los humanos tiene un aspecto mágico. Algunas culturas relacionadas con versiones del animismo religioso o creencias que atribuyen alma a los animales y las cosas, en la India, por ejemplo, los elevan incluso a deidades, no obstante, la visión bíblica del universo antropocéntrico es la más practicada y abusada. Esta versión ha sometido a toda la creación, incluido el reino animal, al servicio del hombre.

Las reflexiones éticas sobre el Derecho avanzaron mucho con el ”derecho de gentes‟ en los tiempos de la Conquista, cuando se reconoció el alma para los nativos de las tierras conquistadas, tan lentamente que la mayoría de los pueblos aborígenes fueron exterminados sin disfrutar de ese reconocimiento, en la relación piramidal donde el más fuerte otorga derechos porque está en la cima y el débil resiste mientras esté en la base. Muchas especies no han sobrevivido a que evolucionemos como humanos a relaciones menos injustas. Los animales nunca fueron ni remotamente considerados como sujetos de derechos; apenas hasta ahora comenzamos a hacerlo.

Sabemos que los humanos extinguimos más de 100 especies al día, pero eso no nos afecta. En el afán de tener y consumir, nos hemos apropiado del mundo, extinguiendo especies que no nos son funcionales, mientras las que nos sirven, las tratamos de manera inconsciente: sólo nos sirven. Nuestra especie está desquiciada y ha desquiciado al planeta.

¿No necesitamos más? Lo planteo como pregunta porque en la cotidianidad nos beneficiamos de la naturaleza sin preguntarnos nada, conocemos tan poco y negamos tanto nuestra responsabilidad sobre lo poco que hacemos para detener industrias tan crueles y depredadoras como la cárnica. Dentro de nuestra caótica vida urbana, tal vez llegamos a la conclusión que podemos existir solamente con aquellas especies animales que nos son útiles: pollos, gallinas, cerdos, vacas, algunos peces, pero en cambio, nos desvivimos por aquellos animales que nos brindan compañía y afecto: nuestros perros, gatos y algunas aves o peces encerrados en hábitats extraños. Nos hemos desnaturalizado al punto que tratamos de desnaturalizar a nuestras mascotas y las tratamos desde nuestras necesidades; ahora las hacemos objeto de nuestras carencias: son los nuevos „niños‟ en hogares sin hijos y son los afectos para otros consumos. Un estudio reciente demuestra que el 42% de las generaciones con menos de cincuenta años, acumula deudas de gastos por cuenta de las mascotas.

No hemos entendido que el respeto por el otro es el reconocimiento de su dignidad, esa consideración que nos permite ver las especificidades con las que puedo y debo interactuar, con las necesidades y características propias de cada uno, su manera de relacionarse en el mundo. La dignidad humana, a diferencia de la animal, es un atributo, un derecho que nace con él; la dignidad animal, a pesar de ser un concepto nuevo y poco tratado, es entendida generalmente bajo la lupa de conductas consideradas “indignas” para el ser humano, pero es el comienzo de una visión distinta que obliga al humano a la humildad, a hacerse parte del universo y no a ser el centro. Estamos lejos de ese reclamo y las consecuencias no dan espera.

Por eso es importante reconocer los avances en materia de derechos a favor de los animales. En Colombia ha habido progresos en los que la Corte Constitucional ha reconocido que la convivencia con una mascota constituye una expresión legítima de la voluntad del individuo y una forma de expresión del ser humano, aunque no son un corpus completo de derechos, se constata en las Sentencias T-155/12, T-035 de 1997, T-119 de 1998 y C-439 de 2011. En estos pronunciamientos ha reconocido a las mascotas como parte esencial del derecho al libre desarrollo de la personalidad y poco a poco viene eliminado barreras frente al disfrute sin limitaciones a este derecho, proclamando la tenencia responsable de mascotas como un derecho que goza de toda la protección del estado, especialmente en la convivencia con otros humanos que puedan oponerse de manera arbitraria.

La Ley 1774/2016 regula y penaliza el maltrato animal. Por primera vez reconoce a los animales como seres sintientes y tipifica las conductas del maltrato y sus consecuencias jurídicas; así mismo, fija los principios del cuidado animal para la prevención del maltrato y protege con herramientas legales la tenencia en condiciones de buen trato; no obstante, asistimos a tradiciones culturales arcaicas que promueven el maltrato e imponen contradicciones al respeto y a la dignidad del animal, exhibiendo incluso su dolor, como ocurre con las plazas de toros y las galleras, entre otros.

Recientemente, la Corte Suprema de Justicia, en un hecho sin precedentes, concedió el recurso de habeas corpus a un oso en cautiverio en el zoológico de Barranquilla. El fallo avanza mucho cuando reconoce que los animales son sujetos de derechos, no de deberes. Los deberes están a cargo de la especie que puede razonar, y si lo hiciera, habría que demandar el deber supremo de reconocer el sagrado estatus de la naturaleza por encima de los humanos, haciendo efectivas las palabras del fallo cuando dice: “Para esta sala es urgente dimensionar las fronteras entre el hombre y la naturaleza, entre lo humano y lo no humano, aniquilando la separación también entre lo cultural y lo natural, entre todos los sujetos de derecho. No dar este paso es mantener y concitar la destrucción inmisericorde de nuestro hábitat natural”.

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